Tradiciones

EL MARRO


Entre las tradiciones que disfrutaron de un mayor arraigo popular se encuentra El Pino Marro. Decir marro es decir fiesta, júbilo, hombría y esfuerzo, colaboración y empresa común de un pueblo.

Según el diccionario de la Real Academia Española marro significa: un juego en el que dos bandos de una parte y otra encontrados, dejando suficiente campo en medio, salen de uno y otro a coger o tocar al contrario. No dejándose coger por el rival y retirándose a su bando, porque si le tocan queda prisionero.

No podemos afirmar de forma clara sus orígenes, pero bien podríamos creer a quienes argumentan que es una tradición ligada al pueblo vetón. Según este planteamiento, los vetones tenían por costumbre, al igual que otros pueblos íberos llevar a cabo demostraciones de fuerza ante sus semejantes. En este marco se situaría el hecho de cortar un gran árbol, desramarlo y posteriormente volverlo a levantar por medio de un gran esfuerzo físico. Hay quien afirma además que este acto estaría ligado a la pubertad, momento en el que el niño deja de ser tal para convertirse en hombre. Para dar fe de su hombría, los vetones asentados entre el Duero y el Tajo en el occidente ibérico, llevarían a cabo una ceremonia íntimamente relacionada con la naturaleza. En ella se encontraban sus ídolos y deidades y a ella se encomendaban y temían. En suma, la culminación de sus ritos terminaría con el emplazamiento vertical del madero, lo que constituiría motivo de orgullo y satisfacción.

Tal argumentación no deja de tener sentido en los tiempos actuales ya que la tradición, en cierta manera entronca con lo que debieron de sentir nuestros ancestros vetones. El marro como todos sabemos estaba protagonizado por los jóvenes que eran llamados para cumplir el servicio militar, los quintos. Queda atrás la niñez y al hombre que es ya, se le exigen nuevos compromisos. Para ello deberá demostrar si será capaz de afrontarlos en primer lugar ante su propia gente. Tal demostración no será otra que la secular y única durante cientos de años, una prueba de fuerza. La fortaleza del individuo fundamental, en los tiempos de los vetones para sobrevivir, habría quedado relegada a un segundo plano en nuestra civilizada sociedad. Sí se mantendría a través de la tradición el espíritu de colaboración, de hombro con hombro, de unión. Todo ello en el marco de la celebración lúdica y festiva por los nuevos hombres con que cuenta la comunidad para sus empresas.

LA RAYUELA


“Todas las tabernas del pueblo tenían su mesa de Rayuela y sus patacones, entorno a la cual jugarse el cuartillo o el medio de vino.”

El juego de la Rayuela se practica sobre una mesa de madera de pino de unas dimensiones de ochenta por noventa y una altura de cuarenta centímetros. Sobre la superficie de la mesa, de la mitad hacia delante había labrada una raya. Desde una distancia de unos cuatro metros se lanzaban los “patacones”.

La competición podía ser individual, por parejas, tríos y hasta cuartetos. Se establecían de antemano los puntos que se iban a jugar: diez, veinte, treinta. Lo habitual era jugar a treinta puntos. Cada jugador realizaba dos lanzamientos destinados a poner la moneda en la misma raya o lo más cerca posible. Si el patacón caía sobre la misma raya, se sumaban dos tantos o puntos. Si nadie lograba poner su moneda sobre la raya, ganaba el que la hubiese dejado más próxima a la misma sumando un punto. El alarde de habilidad consistía en sacar de la raya el patacón de tu contrincante y dejar el tuyo allí.

“Los taberneros lo primero que hacían después de abrir el local era sacar la mesa de la Rayuela y los patacones a la calle. Las tabernas de tía María, tío Macario y tío Miguel esperaban impacientes a la salida de misa. Había una serie de tiradores que hacían punto seguro: tío Damián, Juanito el Rata, tío Adrián y el Conejo.”

Hoy día, en los meses de Julio y Agosto todavía es posible ver a algunos jubilados echar su partida de Rayuela, mientras rememoran a aquellos lanzadores de antaño. Con el ojo puesto en la raya de la mesa, el jugador sostiene entre sus dedos el patacón y lanza suavemente la moneda hacia la mesa. La pieza cae y baila sobre la raya unos instantes antes de cortar con su redondez de cobre la línea que surca la madera.

LA BARRA


“ Al salir de misa los domingos y días de fiesta los mozos se dirigían a la Vega a lanzar la Barra y apostarse un cuartillo de vino.”

El juego de la Barra es otra de las tradiciones con que contaba el pueblo y cuyos orígenes se remontan en el tiempo. Se practicaba en la Vega hasta los años cincuenta del pasado siglo. Entonces la Vega no era más que una explanada al borde del río.

Lanzar la Barra, era un juego que consistía en realizar uno o varios lanzamientos con una barra de hierro. Existían dos barras, una para los chavales y otra para los adultos. La barra de los mozos era un cilindro de unos setenta centímetros de largo por cuatro de diámetro. La competición se establecía individualmente o por parejas y ganaba quien la arrojaba más lejos.

Se practicaba este juego en los inviernos por la mañana al salir de misa y en los veranos por la tarde. Se hacían dos oquedades en el suelo donde se ponían los pies, una ligeramente más adelantada que la otra. Si se sacaba un pie al realizar el lanzamiento se penalizaba como nulo. También se establecía el número de impulsos de atrás a adelante que se podían realizar con la barra. Ganaba quien la lanzaba más lejos después de completar una serie de lanzamientos.

Lanzar la Barra requería destreza pero sobre todo fuerza, era un juego de competición que congregaba a la gente del pueblo y en el que los participantes hacían demostración de su fortaleza.

LA ENRAMÁ


La Enramá es una tradición ligada a la celebración del matrimonio. Como su propio nombre indica, la Enramá consistía en la ornamentación del dintel y los laterales de las puertas de los novios con ramas de madroño y flores.

La decoración de la puerta se hacía la víspera de la boda. Para ello se utilizaban tres palos que servían de soporte, sobre los que se ataban los manojos de madroños y las flores. De esta manera se confeccionaba un arco floral, con un tupido fondo verde, sobre el que destacaban los vivos colores de las flores.

Primero se hacía la Enramá del novio y después la de la novia. Una vez terminadas, se iban congregando los invitados en las puertas de los novios para la celebración. Se degustaban dulces como: las jeringas, los coquillos, las floretas y las roscas. Se bebía el mejor vino de la cosecha entre los hombres y las mujeres se refrescaban con ponche.

Si el novio no era del pueblo tenía que “pagar el vino” por casarse con una chica del municipio. Para hacerlo efectivo, se presentaba una comisión de mozos al novio y con las formas mas finas, le hacían saber la costumbre, que en el acto solía ser cumplida. Si el novio era de clase trabajadora, él mismo iba a la taberna y pagaba el convite, desde allí le acompañaban todos en las rondas por las calles y le iban a despedir a las afueras del pueblo cuando se retirara.

Pero si era de los señores, daba la cantidad solicitada al que presidía la comisión y ésta se retiraba después de darle las gracias. Con esto quedaba consagrado el noviazgo, que desde entonces adquiere carácter casi oficial.

La Enramá es también una fiesta de despedida de solteros de la que se hacen participes a los amigos y familiares.

LA ALBORADA


Una vez que los quintos finalizaban la “ Ronda” y repuestos del esfuerzo gracias a las suculentas viandas y el buen vino con que regaban sus estómagos, daba comienzo La Alborada.

El repertorio de sus canciones lo interpretarán todos los amaneceres desde el día de Navidad hasta el día 9 de Enero, San Julían. Es cantada a dos coros, acompañados de tamboril, mientras recorren lentamente las calles del pueblo. Contrasta con las canciones profanas de La Ronda, ya que se trata de un cántico religioso y poético. A través de sus versos se narran las vicisitudes de la Virgen María y su hijo recién nacido.

Como su nombre indica, La Alborada, daba comienzo al alba, en el momento mágico en que se funden en el firmamento la luz crepuscular de las estrellas y las primeras luces del orto solar. Bajo el juego de luces del amanecer, por las empedradas y escarchadas calles del pueblo, deambulan los mozos de chorizo. Venciendo al sueño y al cansancio de la fiesta, reconfortados los estómagos con unas migas y al calor de unos tragos de aguardiente, las voces se elevan cuando el canto del gallo quiebra la quietud de la villa.

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