Un paisaje también hecho de pinos

Un paisaje también hecho de pinos
Desde el mismo día del incendio, que con inquietud viví y seguí en Descargamaría donde me encontraba pasando mis vacaciones, hasta hoy, he leído, visto y oído casi todo cuanto se ha dicho y publicado sobre el mismo. Como sucede en estos casos, hay opiniones que comparto y otras que no. Lo mismo está a punto de sucederle a mi modesto artículo cuándo usted querido lector termine de leerlo, si a bien lo tiene. Es el precio que tiene expresar lo que uno piensa y que nadie debe impedir que se haga. Le guste o no a quien lo lea.
La Sierra de Gata junto con Las Hurdes, según lo publicado y así constatado por los expertos en la materia, tiene la amarga distinción de ocupar uno de los primeros lugares en el ranking de comarcas españolas afectadas por incendios forestales en los últimos años. Este elocuente dato pone de manifiesto que lo que había que hacer no se ha hecho o, quizá, no se ha hecho todo lo bien que cabía esperar para evitar nuevos incendios y así dejar de estar en tan negra lista. Conozco, por mi afición a la bicicleta de montaña, muchas pistas forestales y parajes de la Sierra de Gata por haberlas recorrido a golpe de pedal y, por aquí, quiero empezar. Lo primero que siempre me ha llamado poderosamente la atención cuando he pedaleado por nuestra sierra es el estado de abandono en que se encuentra gran parte de ella. Si exceptuamos el monte público que se mantiene limpio gracias a las ayudas que reciben los ayuntamientos para este fin, los pinares privados son selvas en los que a duras penas entran los rayos del Sol. Por lo que me pregunto, ¿De qué sirve que la Administración gaste cantidades ingentes de dinero en la limpieza del monte público, si el privado no se limpia y está hecho un bardal? De nada. El fuego no distingue titularidades y se propaga arrasándolo todo a su paso más, si cabe, cuando lo que debería estar limpio no lo está. Por ello, desde la propia Administración se debería de incentivar el consorcio de los pinares privados para que, de esta manera, también estuvieran limpios y no malgaste inútilmente su dinero. Esta limpieza del monte público tampoco está exenta de polémica. Hago alusión a la forma cómo se ejecuta y que no deja de llamar la atención a propios y extraños. Tal es así que, cuando se realiza este trabajo, gran parte de las ramas e incluso de los pinachos de la entresaca y arbustos de monte bajo, no son retirados del pinar, sino que permanecen en él para “abonar y fertilizar el terreno” a decir de los expertos. También, espero que se hayan dado cuenta ahora, para alimentar la combustión del fuego y contribuir a hacer más difícil su extinción. En cuanto a las pistas forestales, reconozco la buena labor llevada a cabo en los últimos años, pero todavía hay bastante que mejorar en este aspecto. Desde el acceso a lugares todavía inaccesibles, pasando por la reparación del firme, canalización de torrenteras y regatos o la construcción de puentes que faciliten su tránsito para una más rápida y eficaz labor de los medios de extinción. Las carreteras son otro claro ejemplo de desidia y abandono de nuestra Administración. La que alimentamos con nuestros impuestos, entre otros el de Sucesiones cuando heredamos algún pinar u olivar. Sus cunetas, llenas de maleza e incluso invadidas por las ramas de los árboles que crecen a su vera, no son sólo ya una amenaza para circulación del tráfico sino que contribuyen, con su lamentable estado, a ser foco y origen de incendios a la vez que facilitan que las llamas crucen el asfalto, lo cual podrían evitar si estuviesen adecentadas.
El abandono del que fue y sigue siendo víctima el medio rural, ya ha sido concienzudamente estudiado y ampliamente analizado por personas eruditas y versadas en la materia pero de qué ha servido conocer las causas sino se ha puesto remedio. ¿Dónde están las soluciones al problema? ¿Qué se ha hecho y qué se hace para evitar esta terrible situación? La respuesta también es sencilla: Nada. Quienes deberían haber puesto los medios para evitarlo o subsanarlo, los políticos que nos han gobernado, tanto unos como otros, no lo han hecho y han dejado morir a los pueblos lentamente en agónico epílogo. Cruzados de brazos, mirando para otra parte, indiferentes a la tragedia social y cultural que tiene lugar en ellos. Eso sí, con cuidados paliativos y paños calientes para que no se quejen del dolor y protesten. No vaya a ser que no les voten en las próximas elecciones y se les jodan el invento.
Las tierras que un día fueron vergeles, se han convertido en junglas. Pinares, olivares, viñas, huertos que no hace mucho producían sus frutos y mantenían a familias enteras, a día de hoy están abandonados e invadidos por zarzas, jaras y brezos. Allá en los años setenta u ochenta del pasado siglo XX, los que marcaron un antes y un después en el devenir de los pueblos de la Sierra de Gata, a estas tierras tampoco llegó la concentración parcelaria. Medida que, de haberse puesto en práctica, hubiera supuesto un cambio radical del modelo de explotación minifundista típico de la Sierra de Gata hacia otro más apto y rentable para el agricultor. Preguntarse por qué no se hizo sería perderse en la truculenta historia de una riña callejera, navaja en mano, entre pendencieros caciques enzarzados por envidias y rencillas ancestrales que tampoco nos llevaría a ninguna parte. Si la concentración parcelaria se hubiera hecho, probablemente, no hubieran emigrado tantos jóvenes de los pueblos y hubiera permanecido en ellos. Como lo ponen de manifiesto los sitios donde sí se hizo y se fraguaron un porvenir. Los olivares, viñas, pinares y demás tierras estarían limpios y productivos y no sería potenciales propagadores del fuego pero, desgraciadamente, no fue así. No hay más que ver cuánto monte se quema allí donde el campo da de comer a quienes viven de él, o remontándonos en el tiempo, cuántos incendios había en la Sierra de Gata cuándo sus pueblos vivían de la tierra que trabajaban y cultivaban o de las cabras que tenía sus montes limpios como patenas.
Lo fácil, cuando se produce una catástrofe de esta magnitud como la que hemos tenido la desgracia de padecer este verano en la Sierra de Gata, es siempre encontrar un culpable, un chivo expiatorio, alguien que pague el pato. Lo difícil, ya que implica pensar y trabajar las meninges, es buscar soluciones para evitar que vuelva a ocurrir. En esta ocasión el culpable ya tiene nombre: el pino. Según algunas opiniones vertidas al respecto después del incendio, en las hemerotecas están para el que las quiera leer, el pino es el responsable del incendio. Estas mentes clarividentes piden, a voz en grito, que sea ajusticiado en la picota por el terrible delito de arder cuando el fuego sube por su corteza y alcanza sus ramas. ¡Qué ingratos y desagradecidos son con él! Ya nadie se acuerda, no hace falta tener mucha memoria, de la riqueza que nos proporcionó, del trabajo que facilitó, de las familias que mantuvo en los pueblos. Madera y resina, recursos de los que vivieron pueblos enteros durante décadas y fueron su maná en aquellos años. Sin ir más lejos, Descargamaría llegó a estar entre los diez pueblos de España con mayor renta per cápita por habitante gracias a los ingresos que obtenía su ayuntamiento de sus pinares. Hoy se vuelve hablar otra vez de la resina y de su fuerte demanda en los mercados; de la madera con que se elabora el pellet que alimenta centrales térmicas y calefacciones; del aprovechamiento de la biomasa como alternativa energética, de la riqueza que su razonable y ordenada explotación proporciona allí donde han sabido adaptarse a los tiempos actuales. El pino ha convivido siempre en feliz armonía en la Sierra de Gata con encinas, alcornoques y castaños porque el hombre ha sabido, necesitado y querido que así fuera. Se ha ganado un sitio en el paisaje serrano embelleciéndolo con su verdor y se ha hecho merecedor de un lugar entre nosotros por el aroma con que nos envuelve su fragancia. Ha contribuido y contribuye a crear este hermoso e idílico paisaje, nunca exento de cicatrices de otros incendios de que el tiempo cicatriza. Ha sido y es uno más de los bellos árboles que conforman la verde estampa de nuestra Sierra de Gata. Que da encanto y atractivo a los valles y sierras que encandilan y atraen el turismo rural, principal fuente de ingresos de muchos de sus habitantes y motor de su crecimiento. Por eso, cuando oigo hablar de “mosaicos”, palabro últimamente de actualidad, a los diseñadores de paisajes, me pregunto con inquietud: ¿Cuántas teselas tienen reservadas a los pinos en “ese mosaico” de diseño que quieren que sea la Sierra de Gata?

Juan Carlos García Delgado.

Sin categoría | 17 septiembre 2015

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